Los ojos de ambos estaban
completamente abiertos, los parpadeos muy distantes; sus miradas entrelazadas
reflejaban el rostro de éxtasis del otro. El trance los mantenía suspendidos en
el tiempo, de tal forma que ningún ruido proveniente del exterior podía
despertarlos del mismo.
Sus cuerpos continuaban moviéndose
casi de manera mecánica, pero suave y en sincronía a la vez, como si juntos
formaran una sola máquina que se encontrara trabajando a su máxima potencia.
Habían pasado poco más de 3 días
desde el ritual en el que su tercer ojo había despertado y las reglas habían
sido muy claras: no debía ocurrir ningún intercambio de cuerpos menos de una semana
antes o después del ritual, para evitar nublar la conciencia y permitir que el
conocimiento adquirido por la experiencia pudiera ser digerido de manera más orgánica.
Sin embargo, esto no era un mero
intercambio de cuerpos.
Esto era diferente, y él había
obtenido el permiso explícito de los Dioses.
La luz cegadora y cristalina de
las 3 de la tarde iluminaba por completo el cuarto y volvía los colores y los brillos
más nítidos de lo normal; el rostro de Dana, normalmente blanco como la leche,
se enrojecía en sus mejillas debido a la evidente excitación corporal, y junto con el
brillo de los rizos de su largo cabello negro azulado, parecía una hermosa
Diosa Venus desnuda entregándose incondicionalmente a un hombre imperfecto y mortal.
Para él, había descubierto que
ella era un ser de luz, y esto era un hecho que ella ignoraba.
En el trance, él se encontraba perdidamente
fascinado en el universo de galaxias que se formaba y daba vueltas en el iris
color aceituna de los ojos de Dana, al tiempo que su alma se adentraba a través
del hoyo negro de sus pupilas. A ella le ocurría lo mismo: de esta manera, ambas
almas formaban un ciclo infinito y continuo que mantenía a la máquina de la vida en
funcionamiento.
Dentro de un lapso de 72 horas,
Dana quedaría embarazada.
49 días después, como bien se
encuentra documentado en el conocido Bardo Thodol (o Libro Tibetano de los
Muertos, como comúnmente se le conoce), un alma renovada comenzaría a habitar
el vientre de su nueva madre.

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