I. EL CUARTO DE ADORACIÓN. La Princesa y la Bruja.
Danna estaba acostada sobre la cama, completamente relajada, al tiempo que O. la masajeaba lenta y sutilmente por debajo del pantalón.
─ ¿Está todo bien, O?
─ Sí, ¿no quieres venir a ayudarme? ─ fue la
respuesta a L.
Todo ese tiempo L. había estado al
borde de la cama, paralizada, sin saber qué decir o qué hacer, limitándose sólo
a observar. Sin embargo, la respuesta de O. era la señal que ella había estado
esperando para finalmente atacar.
Lo primero que hizo L. fue quitarse
el sostén y lanzarse sobre Danna sin pensarlo. Todo ocurrió en un segundo y lo
siguiente que O. vio fue como ambas brujas, la rubia y la brunette, se besaban
frenéticamente sobre la cama, apaciguando finalmente la intensa basorexia
que L. había tenido que resistir por horas esa noche.
O. se había convertido ahora en el observador,
paralizado, incapaz de procesar el delicioso espectáculo que se desarrollaba ante
sus ojos, de manera que jamás pudo darse cuenta del momento exacto en el que L.
hizo la transición para bajar a comerse a Danna.
El ver como su eterna ama (que
siempre había sido su princesa-bruja pasiva, temerosa y delicada) era el
objeto de atracción de L. y era devorada por ella sin ningún perdón, hizo que los
deseos más intensos de poseer a la brunette, la bella reina-bruja,
despertaran en él y al fin se decidiera a tocar y sentir a L. Ésta última se
encontraba completamente perdida adorando a la rubia princesa.
Danna, extasiada, terminó.
─ ¿Te puedo comer ahora yo? ─ Pidió O.
─ Por supuesto. ─ contestó L.
O. comió sin parar por un largo rato
y la bruja brunette parecía disfrutar cada movimiento de su lengua; mientras Danna, la rubia princesa de almohada, descansaba plácidamente a un lado de
sus amantes.
─ ¿Danna, es en serio? ¿Esto es real? ─ Preguntó de
manera retórica L., al momento que Danna, aburrida de sólo ver a sus 2 amantes ocupados,
había decidido sentarse esta vez encima de ella, justo sobre su boca; completando
de esta forma un triángulo infinito de placer.
La energía liberada por la fusión de
las 3 almas hacía que la iluminación del cuarto de adoración fuera de un rojo intenso.
─ Hay que dormir. ─ Pidió Danna.
─ Lo siento, bella, yo podría seguir aquí horas si se pudiera. ─ expresó L.
─ Yo prefiero dormir sola. Pero ustedes pueden quedarse en el cuarto y
ponerse cómodos.
O. y L. se voltearon a ver sorprendidos,
pero cumplieron el deseo de la bruja rubia, y se quedaron acostados charlando acerca
de los aspectos extraños de la vida y de los comportamientos humanos, antes de
irse a dormir. De acuerdo al reloj digital de la mesita de cama, era cerca de las 4 a.m.
─ Apaga la luz roja. ─ pidió L. antes de cerrar los ojos.
II. EL INTERCAMBIO DE CUERPOS.
O. no podía dormir. Había bebido
demasiado café y su mente corría a gran velocidad (como siempre le ocurría a
esas horas de la madrugada - cuando el mundo estaba en silencio y el tiempo no
transcurre).
A su lado, la bella bruja brunette
dormía de espaldas, semi-desnuda de la cintura hacia abajo, en completa calma.
La rubia le había prestado un camisón para dormir y desde esa perspectiva,
había algo extraño en la imagen.
Hasta ese momento, O., no había
caído en cuenta en algo. Ambas brujas, aunque con sutiles diferencias, eran en
cuerpo esencialmente iguales: en complexión, en tamaño, en su color de piel; en
esencia, dos bellas doncellas jóvenes petite. Era imposible no hacer esa
comparación.
Un temor crecía en O. con cada momento
que pasaba al ver a L. durmiendo junto a él y darse cuenta de esta realización.
De espaldas, L. era Danna, ¿o Danna era ella?
El corazón de O. se quería salir de
su pecho; la sangre bombeaba de una manera violenta y el temor se transformó en
el deseo irresistible de sacar a la bruja-reina de su estado de ensueño
para poseerla.
O. se debatió por largo rato en si
debía tocarla sin tener su consentimiento explícito y tomando en cuenta que la
bruja reina viajaba en esos momentos por el plano vertical astral. Finalmente, cualquier
esfuerzo por detenerse fue inútil; sus manos empezaron a recorrer la parte baja
de L. al tiempo que besaba su cuello y aspiraba el dulce aroma de sus
feromonas.
─ ¿Puedo entrar en ti?
─ ¿Estamos protegidos?
Había obtenido la bendición (consentimiento)
de la bruja. El siguiente acto fue definitivo. O. se deshizo de las bragas de
L. y decidió hacer un experimento mental. Haría exactamente el mismo acto que
acostumbraba a hacer con Danna, paso por paso.
O. embistió y poseyó a la bruja y la impresión casi inmediata fue deliciosamente devastadora. L. no sólo respondió de manera natural y orgánica a cada movimiento (en contraste con la acostumbrada pasividad de su princesa), señal de que disfrutaba cada embestida, sino que sus ojos en blanco parecían sugerir que continuaba conectada a su plano mágico astral en un trance de ensueño.
L. era para él, como un succubus
encarnado.
La adrenalina de saber que la bruja
rubia dormía profundamente en el cuarto contiguo sólo intensificaba la
experiencia mágica en la hora de las brujas, justo antes del amanecer.
El creciente calor lubricaba cada roce de los cuerpos; L acostada y O. de pie al borde de la cama, continuaron por un tiempo indefinido conectados. O. disfrutaba de acariciar los pequeños y suaves pechos de L. mientras permanecía conectado a ella.
O. no quería terminar nunca.
De repente, mientras volvía a comer
de su delicioso vientre, O. tuvo de nuevo la misma realización que antes, sólo
que con mayor intensidad. No podía discernir entre el cuerpo de L. y el de Danna: ambos
eran pequeños, de piel suave, y blancos como la leche. Sin embargo, no podía
ser su princesa de almohada, pues lo que estaba experimentando no era para nada
la pasividad esperada de todos los días.
Fue en ese momento, que la
transferencia se hizo completa. El intercambio de cuerpos se había consumado, y
ya no había vuelta atrás.
Un ruido exterior interrumpió la
experiencia y el miedo de ser descubiertos se hizo presente. Al cabo de unos
minutos de silencio, el miedo se desvaneció.
─ ¿No terminaste?
─ No. ¿Me ayudas otra vez?
Todo terminó y los primeros rayos de
sol se colaban por las cortinas.
─ Que tengas buenos días.
FIN
- Oscar Alejandro
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