- ¿Siempre eres así de nostálgico cuando te despides?
O. no se había dado cuenta que durante el abrazo había pasado su mano izquierda por debajo de la chamarra de I., tomándola de la cintura, y que los dedos de su mano derecha habían acariciado sutilmente sus castaños mechones lacios, al tiempo que su nariz absorbía el dulce aroma que se desprendía del espacio entre su nuca y su cabello.
Una intensa basorexia se había acumulado en su interior desde hacía horas al haber estado conversando con I. en contacto muy cercano en aquel lugar lleno de luces y música, y era el momento de despedirse. El frío y el alcohol sólo hacían más intensas las ganas de sentir el calor corporal y los labios (recién retocados) de su compañera.
O. no respondió, y apenado por la pregunta, se limitó a sonreír y a despedirse con una mirada encajada que duró todo el instante que le tomó retirarse a su carro. Encendió el motor y por un momento pensó en adelantarse y huir rápidamente de la escena a su lugar seguro; casi de inmediato, un vacío en su pecho lo hizo arrepentirse y esperar a que el automóvil de I. arrancara.
- ¿Vas a seguirme? Te lo permito.
Nuevamente, nervioso, O. no supo cómo interpretar la pregunta y se limitó a contestar un débil (y patético) "Tal vez".
Durante el camino, O. ignoró los distintos momentos en los que se preguntaba qué era lo que estaba haciendo exactamente y qué resultado esperaba (o si siquiera existía alguno). Aún procesando la despedida-no-despedida que había tomado lugar momentos antes, se convenció del hecho de que lo único que buscaba era no perderla de vista; lograr tenerla dentro de su campo de visión un poco más.
Un sentimiento inesperado hizo que O. revisara su dispositivo. Un mensaje le esperaba.
- ¿Qué estás haciendo O.?
- Te sigo.
Al llegar a su destino, I. bajó de su carro; O. no lo hizo y se mantuvo dentro del suyo con el motor aún encendido. Estaba completamente paralizado; el tiempo se le había agotado y con ello el pensar en cualquier acción siguiente ahora que su misión (si se le puede llamar así a un acto irracional completamente impulsivo) había terminado.
Para ser completamente justos, I. parecía tampoco tener idea de qué era lo que seguía; pero a diferencia de O., mantuvo el control total de la situación con la calma y la frescura que le caracterizaban y que tanto fascinaba a O.
I. acercó su rostro a la ventana del piloto, y por un pequeño momento estuvo a punto de rozar la boca de O. Casi de manera automática, en un gesto infantil muy instintivo, O. ya había cerrado los párpados para sentir esos dulces labios por primera vez. No fue así. I se apartó de la ventana sonriendo, con un paso cómodo y con cierto aire de victoria.
- Sólo házlo, te lo pido.
- Hoy no será, O.
Me recordó a La Demoiselle d'Ys.
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